UNA PROPUESTA DE EDUCACIÓN INTEGRAL: EL HOMBRE DIGNO.

UNA PROPUESTA DE EDUCACIÓN INTEGRAL: EL HOMBRE DIGNO.”[1]

 

DON ROBERTO SANZ PONCE

 

 

 

Ya han explicado anteriormente cual era la situación real en la que se encuentra la escuela española (pública-privada, laica-católica) en el primer tercio del siglo XX, y más concretamente en esos últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La intensa crisis de 1898 –económica, política, social, religiosa, cultural y educativa- demanda una profunda transformación del modelo pedagógico vigente, de la escuela, del profesorado y, sobre todo, de la concepción de la educación.

La educación se convierte en el gran problema nacional, en la gran solución al lamentable estado del país, en la única esperanza de un porvenir mejor. “La educación es, para individuos, familias y pueblos el negocio de los negocios, la grande obra, la obra única, sin la cual no hay hombres ni familias, ni pueblos, ni costumbres, ni religión, ni patria, ni sociedad, ni nada, así como con ella bien dirigida lo hay todo,”[2] afirma el padre Manjón en una de sus obras. En este ambiente, surge el movimiento Regeneracionista, con el espíritu y la intención clara de transformar el país, de regenerarlo, pero el concepto regenerar no va a ser entendido de igual forma ni del mismo modo por liberales y por católicos.

Los liberales abogarán –con la I.L.E. a la cabeza- por europeizar España, mirarse en el espejo de las naciones cercanas y copiar ciertos principios, entre los que destaca secularizar la vida y la sociedad e introducir la laicidad en la escuela. Por el contrario, los católicos apuestan por recuperar los principios y fundamentos esenciales del pueblo español, entre los que se encuentra, en lugar privilegiado, el sentimiento religioso, católico.

Y en este contexto, el padre Miguel Fenollera propone un modelo educativo de REGENERACIÓN INTEGRAL del ser humano. En algunos de sus escritos se palpa su profunda preocupación por los derroteros que va tomando la escuela nacional, ocupada únicamente en formar al hombre “por el hombre y para el hombre,” desplazando a un segundo o tercer plano la esencia misma del ser humano, su carácter religioso, su ser trascendente.

De esta manera, lo escribía, el pedagogo valenciano, en un artículo titulado: “La escuela y la dignidad personal.” Dice así: “…la escuela debe moldear en sus alumnos un sentimiento de honor, puro, firme y eficaz que no pueda ser confundido con las torpezas que suelen calificarse [como] amor propio y que hacen del individuo un ser despreciable por su orgullo y egoísmo.”[3] El profesor de la Escuela Normal Superior de Maestros de Alicante, D. Antonio Cervera y Royo, lo matiza, en esa misma línea: “¡El alma nacional ha sido mal educada! Su actividad se ha dirigido casi exclusivamente sobre lo externo, que es el mundo de las apariencias, muchas veces engañosas, y apenas se ha llamado la atención sobre lo interno, que es el mundo de las esencias y de la verdad.”[4]

Al igual que muchos de sus congéneres católicos –Andrés Manjón, Ramón Ruiz Amado o Manuel Polo y Peyrolón- el padre Fenollera reclama una educación integral, que dé respuesta, no sólo a su vida terrenal, sino fundamentalmente, a su vida trascendental. “Vivamos para morir y después vivir,” mantiene. Se trata de conseguir un “nuevo hombre,” capaz de restaurar un maltrecho país, bajo el cimiento de la DIGNIDAD, dignidad que nace y se sustenta en la relación con uno mismo, con los demás y con Dios. Así de explícito es el propio Fenollera en uno de sus escritos: “La escuela, que debe preparar al niño para ser hombre completo, debe conceder una atención preferente, colocando en la base de su labor educativa y como fundamento del carácter de sus alumnos, la dignidad personal en la escuela…”[5]

 


 

 

Evidentemente, las preguntas que nos podemos plantear son claras: ¿Cómo se alcanza la dignidad que nos conduce a la Salvación?; ¿cómo se consigue educar en la dignidad?; y ¿quién y cómo se encarga de educar a este “nuevo hombre”? Empecemos por el principio y extraigamos, poco a poco, los principios fundamentales propuestos por Fenollera para conseguir una educación por y para la dignidad.

Tres son los principios fundamentales que cualquier hombre debe cumplir para alcanzar la Dignidad –terrenal y sobrenatural. El primero de ellos, hace referencia a la LABORIOSIDAD, cualidad humana educable, que dignifica al hombre. Fenollera distingue esta cualidad de la del trabajo –característica que también poseen los animales y que no se educa, y que más que dignificar puede alienar, afirma el sacerdote.

El segundo, en nivel ascendente de jerarquía e importancia, es la HONRADEZ. Actuar de acuerdo con tus propias convicciones, ser auténtico y dueño de ti mismo, a eso responde un hombre honrado. Julián Tabernero, en su espléndida Tesis Doctoral, en la que recoge el pensamiento del padre Fenollera, lo sintetiza de una manera tremendamente clarificadora: “Con hombres, con ciudadanos honrados, un país, una nación, está fuertemente vigorizada, regenerada.”[6]

Estos principios convierten al hombre digno para la vida en la tierra, para su relación con ellos mismos y con los demás hombres: “Con el esfuerzo (laboriosidad), con la realización de la persona en autonomía y con la Gracia (honradez que culmina en Honradez), ya cabe al hombre salvarse, acceder a Dios…”

Pero nos falta el último principio, ese que facilita el tránsito de la honradez, con minúscula, a la Honradez, con mayúscula, aquel que viene acompañado de la Gracia de Dios: la VIDA INTERIOR, o lo que es lo mismo, la capacidad de espiritualidad que posee todo ser humano. Esta vida interior, tan importante dentro del proceso de educación propuesto por Fenollera, se compone de tres cualidades fundamentales: la esperanza, el amor y la fe.

Bien, si así se alcanza la Dignidad, ¿cómo podemos todos nosotros educarla?

Si extrapolamos los principios antes mencionados al campo de la educación subyace, en primer lugar, un postulado pedagógico hoy en día, desgraciadamente, en desuso, vituperado y que nos ha conducido irremediablemente al estado educativo en el que nos encontramos. El esfuerzo, la dedicación, el interés, son la base para cimentar los muros de un buen edificio educativo. Su ausencia desprestigia y descalifica el propio proceso de formación. Ya lo afirmaba el padre Fenollera cuando mantenía la necesidad del ser humano de conquistar –él mismo- su dignidad, lo que supone el esfuerzo, la tarea del individuo –alumno- por conseguir aquello a lo que aspira. Su trabajo e interés, amén de su capacidad, será lo que determine la calidad y cantidad de la cosecha a recoger, tras la siembra escolar. Y eso es así y debe ser así, y dejémonos de pamplinas antipedagógicas que afirman que al niño no se le debe pedir esfuerzos, no se le debe exigir, pues conseguimos con ello descender el nivel educativo de nuestra juventud hasta niveles insospechados.

El segundo principio es la honradez y a ella como docentes debemos aspirar. Aspirar a educar personas auténticas, que tengas convicciones y actúen en consecuencia, que sean buenos seres “humanos,” en definitiva, debemos educar el carácter de nuestros alumnos. Sin coacciones, respetando la libertad de todos y cada uno de ellos –principio fundamental que defiende Fenollera: “no somos mercenarios ni esclavos,” escribe,- utilizando la persuasión como instrumento pedagógico y respetando las conciencias de los niños. Pero no olvidemos que respetar no significa no educar.

El tercer y último principio es la necesidad de la educación de la vida interior de nuestros alumnos. Aquí adquiere un papel esencial la enseñanza del Catecismo, de la Religión, de la moralidad. Fenollera, al igual que su maestro y modelo pedagógico, el padre Manjón, admite la importancia de la enseñanza de la fe en las aulas, mediante el amor, la esperanza y el ejemplo. El propio Manjón, en su conocido Discurso titulado: “El Catecismo como asignatura céntrica,” pronunciado en el Primer Congreso Catequético Nacional, celebrado en 1913, afirma: “Toda instrucción ha de responder al origen, fin y misión del hombre; y como venimos de Dios y vamos a Dios, y nuestra misión es servirle en esta vida, para después gozarle en la eterna, si la instrucción ha de ser instrumento para la educación, debe aquella estar penetrada de las ideas fundamentales de ésta, y a eso obedece el pensamiento pedagógico de poner el Catecismo, que es la quinta esencia del dogma y la moral católica, como base y centro de toda la enseñanza primaria.”[7]

En síntesis, la necesidad de esfuerzo, la formación del carácter y la educación de la vida interior, son todo un programa de educación integral, que tiene como último objetivo la consecución del HOMBRE TOTAL, tal y como lo define Fenollera, que “con una personalidad autónoma, un alma inmortal y una aspiración hacia Dios,” se acerca a la Salvación eterna.

Y llegamos, de esta manera, a la última cuestión que nos planteábamos al inicio de esta ponencia: ¿Quién y cómo se encargan de educar a este “nuevo hombre”?

En primer lugar, la FAMILIA, institución educadora por excelencia, que si hiciese dejación de sus funciones destrozaría toda la obra educativa. Los padres y la escuela deben caminar en una misma dirección. Si así no ocurriera, sucedería como en el relato que cuenta Manjón en una de sus obras. Así lo narra: “¿Para qué enviaré a mi hijo a la Escuela –decía un animal que maldecía y blasfemaba- si habla tan mal como yo? ¿Es eso lo que te enseña el Maestro? Sí, eso es lo que enseña, no el Maestro de escuela, sino el Maestro de casa –decía la madre indignada.”[8]

En segundo lugar, los MAESTROS, mediante su ejemplo, respetándose a sí mismos, cuidando su prestigio, respetando a sus alumnos y haciendo que se respeten entre ellos. Educando con amor, prudencia, humildad, constancia, voluntad, autoridad, veracidad, sobriedad, …, ya que “…es absurdo exigir veracidad del niño, a quien se le miente sin reparo; justicia cuando se le regaña por capricho, respeto cuando se le trata con desprecio, benignidad cuando se le castiga con dureza,”[9] nos dirá el propio Fenollera. Confiando en su capacidad, en su valía como ser humano, como Hijo de Dios. Así lo explica el pedagogo valenciano: “Convencido el educando de que nada bueno se espera de él, que nada se cree de cuanto él dice y de que se le asedia con una vigilancia más irritante que eficaz, forma de sí mismo un concepto opuesto, al que para el sentimiento del honor conviene, y sintiéndose débil para defender su dignidad personal, la falta de confianza que ve en los demás, le lleva á desconfiar de sí mismo, muriendo en él la esperanza de ser bueno.”[10]

Y sin más, amigos, padres y maestros, tal y como nos diría Fenollera si estuviese entre nosotros, dedíquense a ser “dignos” modelos para sus hijos y alumnos, “dignos” espejos que no se cansen nunca de contemplar.

 

 

 


 



[1] Esta Ponencia es una lectura personal de la Tesis Doctoral del profesor Julián Tabernero, acerca de la vida, la obra y el pensamiento de Miguel Fenollera, concretamente del capítulo IV, titulado: “Sus ideales educativos.”

[2] MANJÓN, A. (1947), Tratado de la educación. Hojas educadoras y coeducadoras, t. IV, Patronato de las Escuelas del Ave-María, Alcalá de Henares, p. 18.

[3] FENOLLERA, M. “La escuela y la dignidad personal,” en FENOLLERA, M. (2003), Hojitas escolares (Experiencias sobre educación), Centro de las Sras. Operarias (Maestras) del Ave-María Colonia E. “Pío X,” Benimamet, p. 45.

[4] CERVERA Y ROYO, A. “Reforma de la Primera Enseñanza,” en Escuela Moderna, 94, (1899),  p. 145.

[5] FENOLLERA, M. “La escuela …., op.cit., p. 47

[6] Tesis Doctoral de Julián Tabernero, p. 251.

[7] MANJÓN, A. “El Catecismo como asignatura céntrica,” Discurso pronunciado en el Primer Congreso Catequético Nacional, celebrado en 1913, en MANJÓN, A. (1946), El Catequista. Hojas meramente catequistas del Ave-María, t. II, Patronato de las Escuelas del Ave-María, Alcalá de Henares, p. 363.

[8] MANJÓN, A. (1948), El pensamiento del Ave-María. Modos de enseñar, t. V, Patronato de las Escuelas del Ave-María, Alcalá de Henares,  p. 71.

[9] FENOLLERA, M. “La escuela …, op.cit., p. 46.

[10] Idem.

 

LA POLITICA EDUCATIVA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX

LA POLITICA EDUCATIVA EN EL PRIMER TERCIO DEL SIGLO XX

 

León ESTEBAN

Catedrático de la Universidad

de Valencia, jubilado.

 

Mi presencia aquí es deudora de una petición correspondida, amén de haber dirigido, en su día, la primera y única Tesis Doctoral sobre  el P. Miguel Fenollera.

Entrando en materia, y en aras de brevedad, hay que anunciar que la política educativa,

en el primer tercio del siglo XX, es deudora  de los acontecimientos de todo orden de finales del siglo XIX. Conservadores y liberales se van turnando en el poder implantando -legislativamente- los códigos que informan su ideología: Los liberales (krausistas, socialistas y anarquistas) abogan por la “europeización” como medio de regeneración social; los conservadores, por la “hispanización, cuando no, por la “recatolización” Ambos desean la regeneración educativa (escuela-despensa) por vías diversas. Y a la verdad, que la situación no es nada halagüeña: El 56,07% de la población española es analfabeta en 1900; el 42,88 en 1920; y el 23,17 en 1940. La mujer alcanza, a principio de siglo, el 65,89 de analfabetas; el 34,99 en 1920; y, el 28,46 en 1940. Y si esta es la situación cultural de la población adulta, no le va a la zaga la infantil, ya que en 1908 solo el 51,5% de los niños españoles, de 6 a 12 años están escolarizados, y unos años más tarde, (1920) el 59,81%. Todo ello, a pesar de la RO de 1910 haciendo la enseñanza obligatoria para niños de 6 a 12 años.

La cuestión escolar se complica si se atiende a los distintos gobiernos – de signo  ideológico contrario, como se dijo- que rigen el País durante estos años. Monarquía bajo Alfonso XIII, con acontecimientos tan notorios como la Semana Trágica y el fusilamiento de Ferrer Guardia (1909), I Guerra Mundial (1917), Desastre de Anual (1921), Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930); Gobierno Berenguer (1930); II República regida por Gobiernos Provisionales (14-IV-1931/16-XII-1931), Coalición Republicana Socialista (16-XII-1931/12-IX-1933), Bienio Radical Cedista (1933-febrero 1936), Frente Popular (Julio 1936),y  posteriormente,  la  II Guerra Mundial (1939-1945).

Estos acontecimientos de signo político, van determinando otros de carácter pedagógico, prácticamente  de impronta liberal hasta la Dictadura de Primo de Rivera. Recordemos: la creación de la Escuela Superior del Magisterio (1909), Residencia de Estudiantes (1910), Restablecimiento de escuelas laicas y reorganización de la Inspección de Enseñanza Primaria,(1910), Dirección General de Enseñanza Primaria (1911), Instituto-Escuela (1918), Nacimiento de la Escuela Nacional de Puericultura (1923), Creación de la Escuela Social (1925), Creación Secciones de Pedagogía y Patronato de Misiones Pedagógicas (1931), Supresión de la enseñanza de la Religión (1932), y Prohibición del ejercicio de la enseñanza a los religiosos(…).

De 1910 a 1913 el enfrentamiento entre liberales y conservadores tiene como causa la cuestión religiosa, tomando como excusa la enseñanza del catecismo; de 1913 a 1923 el problema es el de la libertad de enseñanza, libertad no deseada –contradictoriamente- por los primeros y defendida por Andrés Manjón en el Congreso Católico de Santiago de Compostela, y reafirmada por los Obispos en su Mensaje al rey Alfonso XIII, abogando por el respeto al artículo 12 de la Constitución, y derechos de la familia y de la iglesia.

Nos corresponde hablar de la política escolar  oficial, y no de la privada, razón por la que, apenas aludimos a la misma. Con todo, será bajo la II República cuando el enfrentamiento entre liberales – en el poder- y conservadores llegue al límite, sobre todo, por la implantación constitucional de la escuela laica. Recordemos que el sector conservador conseguirá en 1909  la supresión de dichas escuelas, mostrando el episcopado español gran preocupación, a la vez que oposición, a  su reapertura  en 1910. Las escuelas laicas serán tildadas de ilegales y antirreligiosas en las múltiples pastorales episcopales: Así Salvador y Barrera en, El laicismo en la enseñanza (1914), o el cardenal Guisasola en su Carta pastoral sobre el laicismo (1915). Pese a los esfuerzos del sector eclesial, con la II República se llegará a la supresión de la Religión (1932) y prohibición  del ejercicio de la enseñanza a los religiosos (1933).  El apoyo del gobierno liberal al ideal educativo de la ILE se fraguó en los códigos de la política educativa socialista, emanada del XI Congreso de 1918 de la mano inteligente de Lorenzo Luzuriaga, y más tarde plasmada por los ministros socialistas Marcelino Domingo, Fernando de los Ríos y Francisco J. Barnés. La escuela laica en la II República, es la escuela socialista, societaria al comienzo, y única al final, antirreligiosa, obligatoria, gratuita, coeducativa, profesional, higiénica, democrática y autogestionaria.

De esta manera, la Religión queda como una opción personal, excluida del currículo cultural estatal obligatorio; y lo que es más grave, la moral no es ya deudora de la Religión, sino de la Ciencia. Se ha abierto el frente de lo que hoy llamamos, llana y simplemente, relativismo. Hoy, la sociedad y  aún la escuela está preñada de las  aristas más consistentes del relativismo. Y alguien lo ha definido como “la tendencia gnoseológica que rechaza toda verdad absoluta”; todo depende de las circunstancias, y, éstas determinan la moral y los valores. Sin duda, la ciencia, mediante el lenguaje matemático, aspira a formular leyes que rigen fenómenos y circunstancias y explican hechos “a posteriori” que desembocan en la realidad. La moral, por el contrario, no se rige por “leyes,” sino por “principios,” que actuando desde  el “a priori,”  originan los actos. La moral, por tanto, tiene su base en normas y reglas de acción aceptadas libremente, regula solo actos y relaciones que tienen consecuencia para otros. A la realidad se le une en paridad, la verdad. De cualquier modo, el acto moral es libre y consciente y está sancionado por una norma y no deja de ser humano al ajustarse a la realidad. Todo acto para ser moral debe ajustarse a la situación, a la realidad y a la norma ética, debe actuar por un motivo, observar la conciencia del fin, saber elegir y tener conciencia de los medios para llegar al fin. Y es que el hombre es un proyecto ético-estético, un hacerse, un tránsito del ser al deber ser y no a la realidad excluyente. Sin duda, la moral está más próxima a la religión que  a la ciencia.

Y si con mayor claridad nos expresamos, deberemos decir  que para el relativismo no hay verdad sino realidad; no existe el valor sino el precio; no hay verdades absolutas ya que todo es relativo. Estamos próximos a la intolerancia y, lo que es más grave, al todo vale. Es posible que la alusión a lo acontecido en una clase universitaria explique mejor el relativismo que todo lo hasta ahora expuesto. Un alumno recrimina a su profesor por explicar con alusiones a verdades y valores absolutos; el profesor sin inmutarse le dice al alumno queda V. suspendido. Esto no es justo responde el alumno ¿No es justo? ¿A qué tipo de justicia se esta  refiriendo V.? Porque yo puedo -según mis valores- suspenderlo. No lo haré porque hay un valor universal que se llama justicia y me lo impide.

 

 


JORNADAS PEDAGÓGICAS AVEMARIANAS

JORNADAS PEDAGÓGICAS AVEMARIANAS

COLEGIO “EL AVE MARÍA” BENIMÁMET-VALENCIA

25 y 26  DE SEPTIEMBRE DE 2009

 

 

Primera Ponencia, presentada por D. Javier Elzo Imaz

Catedrático Emérito de Sociología en la Universidad de Deusto

 

 

 

¿Qué valores para los adolescentes de hoy?

Una reflexión desde la fe católica

 

 

Sostengo que hay dos errores fundamentales cuando hablamos de jóvenes o de adolescentes. El primero es adularlos y mimarlos en exceso. Platón en Las leyes dice que el principio de la tiranía se inicia cuando los padres y profesores tienen miedo de los hijos y los alumnos, y acaban adulándolos. Se les pone en un pedestal, se les mira, se les protege hasta el exceso y entonces se convierten en los reyes, si no en los tiranos, de la casa y de la escuela.

 

El otro error es pensar en los jóvenes y adolescentes como personas que sólo piensan en sí mismas, que no tienen ideales, que han perdido valores. Otra cosa es que no tengan los valores que los otros estiman que deberían tener. En la vida es imposible no tener valores, todas las personas tienen valores aunque los expliciten o no, los tematicen o no. El error, peor aun la falacia, estriba en identificar al joven, por el hecho de ser joven, con la violencia, la droga, el alcoholismo, la juerga y, en general con todo lo negativo.

 

Aunque hable de jóvenes y adolescentes no son la misma cosa. La diferenciación que yo hago no sólo se basa en la edad. Considero que el adolescente básicamente es esa persona que está instalada en el presente, que ha dejado la infancia, que quiere lograr la autonomía respecto de sus padres –algo muy sano– y quiere adoptar su propio yo sin mirar al futuro. La adolescencia es el período de la vida en el que la persona quiere instalarse en el presente. Esta característica distingue al adolescente del joven que, estando también en un período de tránsito, empieza ya a mirar el futuro. El adolescente no quiere mirar al futuro, quiere vivir el presente, haciendo más o menos lo que quiere, sin muchas responsabilidades y sin mayor proyección.

 

Mi tesis fundamental es que hoy la adolescencia empieza antes. Hace treinta los estudios sobre la juventud abarcaban de los 18 a los 24 años. Cuando yo empecé a investigar el tema, en el año 1986, los estudios iban de los 15 a los 29 años. Actualmente estoy trabajando con personas de 12 años y me pregunto si no tendría que empezar antes.

 

Cuando hablamos de los jóvenes, hay que abordar el tema desde tres perspectivas: una es la tesis de la contextualización de K. Mannheim, según la cual solamente las personas que han vivido una serie de experiencias similares pueden dar lugar a situaciones generacionales. Los adolescentes y los jóvenes son como son en función del contexto en que han crecido. Como la contextualización es fundamental, una parte de estas líneas las dedico a exponer en qué ambiente están creciendo los jóvenes de hoy. Si alguien quiere extenderse en este, como en otros muchos puntos que aquí voy a abordar, me permito remitirle a mi último libro “La Voz de los adolescentes” que acabo de publicar en la editorial SM-PPC.

 

La segunda tesis es la de la diversidad, la de la complejidad. Es la famosa tesis de Pierre Bourdieu cuando decía aquello de que la juventud no es sino una palabra. Es mentira porque la juventud es mucho más que una palabra, y los que tenemos hijos lo sabemos muy bien. Lo que quiere decir Pierre Bourdieu es que no existe la juventud como categoría sociológica uniforme; existen jóvenes y adolescentes muy diversos. En mi último libro ofrezco siete retratos diferentes.

 

La tercera tesis es la de la socialización, relacionada con el ámbito donde encuentran los jóvenes las cosas más importantes para orientarse en la vida y quiénes son sus referentes o agentes de socialización.

 

Entre nosotros, hoy un adolescente y un joven se encuentran con que hay un referente religioso minoritario, un referente político extremadamente desprestigiado y un referente social arrinconado. De éste último se habla mucho y tiene buen predicamento, pero en la práctica, en muchos casos, está dejado de lado. Por ejemplo, todo el mundo está de acuerdo en ayudar a los drogadictos a condición de que el centro de rehabilitación esté ubicado lejos de su domicilio.

 

El primer valor de la sociedad hoy es el bienestar. El primer valor –entendiendo por “valor” aquello a lo que le damos importancia – es vivir bien. El valor máximo de la sociedad es el del bienestar individual bajo la base del individualismo. Los referentes sociales, colectivos, amplios están perdiendo fuerza en detrimento del imperio del deseo y la ética libertaria de que cada cual pueda hacer lo que le apetezca, cuando y como le apetezca si no hace daño al otro y, esto último, no siempre. La lógica del “nahi dut” (hacer lo que me apetezca) se ha entronizado sobre la lógica del “behar dut” (hacer lo que deba hacer). Porque, ¿desde qué ética, cabe hablar de “deber hacer” cuando el valor supremo  es el bienestar individual?

 

Éste es el fondo en el que sitúo el contexto en el que nacen y se hacen estos jóvenes. Veámoslo con más detalle.

 

1. Algunos elementos estructurales del nuevo siglo que están conformando a los adolescentes y jóvenes de hoy

 

Son menos que hace diez o quince años. El año 1975 terminó el baby boom en España. Luego, a partir de comienzos del año 1990, el descenso del número de adolescentes ha sido la tónica. El descenso de la natalidad continuó su curva descendente hasta la entrada de los emigrantes al final de la misma década de finales del siglo pasado. De ahí que la mayoría de los adolescentes de hoy son hijos únicos.

 

Los jóvenes viven en plena revolución tecnológica, en el campo de la comunicación sobre todo (chats, móviles, messenger, Internet…). En algunas zonas de España, por ejemplo en Catalunya, ya tenemos datos que nos muestran que Internet ha superado a la televisión cono espacio de entretenimiento y como agente de socialización. Mi pronóstico es que en cinco años, o la televisión se integra en las nuevas tecnologías o perderá la batalla de los jóvenes. Como la prensa escrita.

 

 El esquema chicos/chicas es diferente. Hay un igualitarismo ya asumido por los adolescentes. Pero, entre los chicos, las referencias «feministas» no son aceptadas, y entre algunos –¿los más débiles?– provocan rechazos y pueden ser fuente de agresión. Al par que hay muchas chicas que están adoptando comportamientos de los chicos y no precisamente los mejores. Por ejemplo en los consumos de alcohol y en las practicas sexuales auto-degradantes.

 

Sin embargo, las lecturas de los chicos y chicas son, en la actualidad, tan diferentes o más que cinco años atrás, marcándose la identidad de género pese al igualitarismo legal y verbalmente propugnado.

 

La violencia juvenil sigue siendo mayoritariamente masculina, pero la violencia adolescente femenina tiene ya alguna consistencia estadística. Por otra parte, el fenómeno del bullying ha irrumpido en las aulas escolares hasta el punto que ha dejado en un segundo plano otras cuestiones en torno al aprendizaje. Además, una proporción considerable de escolares señalan tener miedo en la escuela y solicitan más disciplina. Muchos padres y profesores no se enteran. En no pocos casos porque los propios escolares victimados lo ocultan, añadiendo así, dolor al dolor.

 

Sí, el bullying existe. No lo erradicaremos totalmente nunca. Pero hemos de procurar que sea lo menos frecuente posible y lo menos dañino posible. Además de tomar conciencia del problema, lo que ya se da en la mayor parte de los centros docentes, hay que aplicar los protocolos de detección ya existentes y sobre todo, y muy prioritariamente, una colaboración entre los padres, los profesores y la dirección de los centros que al día de hoy en muy deficitaria. Mientras padres y profesores estén enfrentados, la pagarán sus hijos y alumnos.

 

El recurso a la vía judicial es un indicador evidente que tal colaboración no se ha dado La justicia está para dirimir culpables, no para resolver conflictos. Entre otras razones porque actúa cuando los hechos ya han pasado. Por eso pienso que los problemas de bullying no tendrían que salir del sistema educativo. Para eso están los inspectores, en el sistema educativo. Como los mediadores en el ámbito familiar. La justicia debe ser el último recurso.

 

Las familias, a pasos agigantados, están cada vez más fragilizadas y son cada vez más inestables. Los adolescentes de hoy son los primeros que, en proporciones estadísticamente relevantes –cerca de uno de cada dos el año 2006, cifra que en parte se explica por el divorcio “express” y que pronostico descenderá en los próximos años, no solamente por la crisis económica– viven la separación o divorcio de sus padres. Que legitiman ideológicamente aunque lo padezcan vitalmente. Claro que siempre será mejor que se divorcien sus padres cuando los vean en casa, literalmente hablando, tirándose los trastos a la cabeza.

 

Afortunadamente, cada día hay más mujeres en el mundo laboral, aunque su distribución en unas y otras tareas me temo que está dando paso a otra dualidad laboral, cuestión que solo apunto, pues no puedo ocuparme en estas líneas de esta cuestión. Lo que nos interesa significar es que al salir la mujer de casa –la madre, en concreto–, una figura clave de nuestra familia tradicional está desapareciendo ante nuestros ojos: el ama de casa. Como, por otra parte, el padre no ha entrado en casa, al menos en la proporción en la que ha salido la madre y los abuelos ya no habitan en los nuevos núcleos familiares (ni otros miembros de la familia, como tíos o tías, etc.), constatamos que niños y adolescentes de hoy se encuentran la casa vacía cuando llegan de la escuela. Es la generación que más sola está creciendo, produciéndose así una autoformación a través básicamente del grupo de amigos y los diferentes medios de comunicación, con Internet cada más a la cabeza, insistimos, como nunca juventud alguna ha crecido.

 

España es ya un país de inmigrantes, aunque con niveles de implantación y también de origen geográfico distintos en unas y otras Comunidades Autónomas. En los centros escolares hay cada vez mayor diversidad geográfica, étnica y racial, lo que conforma una escuela y una educación que se diferencian mucho de la que tuvieron sus propios padres. La situación en las escuelas, aun con la riqueza de convivir con personas de otras culturas, plantea nuevas dificultades que sería iluso obviar.

 

Está completamente abierta la cuestión del tipo de interacción de los inmigrantes con los autóctonos y de los inmigrantes entre sí. ¿Hay riesgo de creación de guetos por afinidades nacionales? ¿Hay riesgo de comunitarismo, como en Francia?

 

Vivimos un período de trivialización del cannabis, que de facto es una droga legal, dada la extrema facilidad con la que la obtienen los adolescentes y la alta proporción de los que, al menos, la han experimentado ya en la adolescencia. ¿Sustituto del tabaco como el alcohol lo fue en un breve período de tiempo, de la heroína y drogas «duras» tras la aparición del sida a finales de los ochenta, para después yuxtaponerse? De hecho, lo que observamos en el momento actual es que hay un apuntalamiento del modelo festivo del consumo de alcohol al que va asociado, con demasiada frecuencia, el de las drogas jurídicamente ilegales, pero socialmente omnipresentes, de las que el cannabis tiene un protagonismo mayor. Sin olvidar la cocaína, también entre adolescentes, y otros productos, heroína incluida, estos dos últimos años. Durante los años 2005-2006, España registró los máximos históricos de consumo de prácticamente todas las drogas y alcohol. Varios estudios de 2007 y 2008 coinciden en que se está produciendo un ligero descenso,(también en Catalunya) aun con excepciones como la heroína, que ha vuelto en proporciones similares a los primeros años ochenta del siglo pasado, aunque consumida no mediante jeringuillas, vía parenteral.

 

Además hemos vivido un cambio del paradigma finalista en el tema del alcohol y las drogas. De poner el acento en el no consumo se ha acentuado el consumo más seguro o, quizá más exactamente, menos lesivo una vez consumido. Hemos vivido una difuminación de la política de prevención hasta en los discursos, para dejar paso al auge de la política de reducción del daño. Política tan absolutamente necesaria como radicalmente insuficiente. Afortunadamente ya estamos entrando en una tercera etapa en la que, sin obviar la política de la reducción del daño en sus aspectos más positivos, hay una vuelta actualizada y reformulada hacia otra política preventiva. Y, al fin, aunque de forma tímida y con orientaciones vacilantes, la dimensión del beber adolescente está ocupando la plaza que merece en las políticas de juventud. Ya va siendo hora de mirar la realidad de frente y preguntarse qué utilidad real tiene la pretensión de que no pueden beber hasta los 18 años cuando todas las encuestas dicen que la inmensa mayoría lo hacen bastante antes de esa edad. Queda mucho, muchísimo camino por recorrer en este campo.

 

Por último, pero no por ello menos importante, anotemos que al terrorismo doméstico de ETA (del que se dice hace décadas que está en fase terminal) hay que añadir el terrorismo internacional (en fase germinal), que ya dejó las primeras tragedias en España en la matanza de Madrid de marzo de 2004. La sociedad se está acomodando, en pro de la seguridad (auténtico fetiche de la primera década del nuevo milenio), en recortes de la libertad y, sobre todo, en un aumento de controles en determinados medios de transporte (aviones sobre todo) así como en las transferencias bancarias, sin olvidar la multiplicación de cámaras de video-vigilancia por doquier. La evolución en este punto, para sorpresa y preocupación de quien suscribe, está pasando de forma inadvertida para la mayoría poblacional y, obviamente, afecta a las nuevas generaciones, más timoratas, más proxémicas y menos tolerantes con el diferente. Estos jóvenes están creciendo en una sociedad en la que el ciudadano, en diferentes aspectos y momentos de su vida, es sospechoso de delinquir por el mero hecho de ser ciudadano. Si además es joven y chico, más aún. ¿Un ejemplo?. Se está rebajando la edad penal (en Francia se debate, ahora mismo, si dejarla en 12 años) pero un chico no es adulto ante un volante (y le penalizan las casas de seguros) hasta que cumpla los 25 años. A nadie importa que sea inconstitucional.

 

Este último apunte nos lleva la segunda parte de esta introducción: qué perfil mayor podemos diseñar de los adolescentes de hoy.

 

2. Un perfil de los  adolescentes y jóvenes de hoy

 

Los nuevos adolescentes son ricos en cosas y en protecciones sociales. Nunca ha habido tantos pedagogos, institutos, congresos, ayudas para los adolescentes, como ahora. Al mismo tiempo, nunca han estado tan solos, solos de tiempo de calidad a ellos dedicado. No las sobras del tiempo productivo.

 

Centrados en lo próximo, en lo actual, en lo cercano, en lo cotidiano, la historia como pasado no les interesa más que anecdóticamente, y el futuro, que lo quieren alejar lo más posible, lo vislumbran con más temor en lo personal que en lo profesional. Asimismo, frente al «gran discurso», a la explicación global, prefieren el «pequeño relato», la concreción del día a día, la respuesta a sus cuestiones habituales. Sin embargo, las grandes preguntas, no explicitadas, no formuladas temáticamente, están ahí, en lo más profundo y en la periferia de ellos mismos: “quién soy yo, de dónde vengo, a dónde voy, qué sentido tiene mi vida, por qué hacer el bien, si el mundo se acaba aquí, si hay un más allá…” Es un grave error pensar que los adolescentes no se plantean estas cuestiones. No con el lenguaje en el que yo me expreso, sino en el suyo propio, obviamente. Pero cuando se les formula la cuestión, incluso en el lenguaje adulto, como lo hemos mostrado en un estudio de SM, lo captan perfectamente y responden con la afirmativa una mayoría de más de dos tercios, aun con intensidades distintas. Buscan, consciente o inconscientemente, algo o alguien que les dé sentido y razón de ser de sus vidas. En una sociedad que ya ha dejado atrás la secularización para adentrarse en nuevas sacralidades, estas ocupan cada vez más espacio en el universo adolescente, sacralidades que, manifiestamente, no tienen respuesta a sus preguntas.

 

Los adolescentes y los jóvenes se dicen libres, pero están atados a la familia, a la escuela, al grupo de amigos, a la moda, a los artilugios informáticos, pegados al móvil, con la obligación de divertirse… Frente a la necesidad vivencial de estar siempre ocupados, incitados, solicitados, «en marcha», sienten pavor de la soledad, del aburrimiento, del silencio. De sus preguntas.

 

Son más tolerantes que, propiamente hablando, solidarios. La aceleración de la vida, su incertidumbre hacia el futuro, el imperio de lo efímero, la socialización débil y dispersa (cual xirimiri vasco, que no moja pero cala) hacen que la solidaridad, cuando se da, sea puntual, a lo sumo temporal, con fecha de caducidad. 

 

Están atrapados entre una publicidad omnipresente que hace de ellos una de sus dianas preferidas y la condición adolescente, también en los jóvenes (experimentar todo, sin responsabilidad, abrirse a la vida, autonomizarse de sus padres, quererlo todo sin dilaciones…), les aboca al consumismo frustrante y enloquecedor (cuyo único límite está en el dinero disponible).

 

La noche de los fines de semana, puentes, acueductos y vacaciones (especie de fin de semana prolongado) es su espacio propio, falsamente no normativo, que lo perciben en oposición al del tiempo normativo diurno del resto de la semana, cual largo espacio intermedio entre dos «findes». En el espacio «finde», la única norma la impone la «amable» presión horizontal de los pares, el cuerpo y el bolsillo.

 

El preservativo es otro icono de la juventud actual. Símbolo del placer y de la muerte, de la seguridad (contra el sida y los embarazos no deseados), quitamiedos ante el encuentro de fortuna, se da de bruces con su anhelo de amor gratuito, fiel y confiado, de la entrega sin barreras. El preservativo es un icono de seguridad, en absoluto de fidelidad (gran valor juvenil), luego tampoco de felicidad.

 

La sexualidad es un tema clave en estos adolescentes y jóvenes. Viven en una sociedad pública y publicitariamente erotizada en la que ellos son objeto y objetivo. Ante este fenómeno lo menos que cabe decir es que no hemos acertado en como afrontarlo. A veces parecería que estamos entre la sexualidad en la que solamente cuenta el puro placer y el disfrute y la sexualidad que sólo tiene que ejercerse dentro del matrimonio y siguiendo una serie de consideraciones. Esto es radicalmente insuficiente para los jóvenes. Hay muchos jóvenes que entienden la sexualidad en el marco del amor y entrega mutua en un clima de confianza y donación mutua que va más allá de la búsqueda del mero placer, aun sin rechazarlo, por supuesto. Y sin esperar a tener 35 años y casarse. Y apenas encuentran ayuda en este tema. 

 

En su universo simbólico más elemental encontramos iconos como los móviles, determinadas prendas de vestir, la apariencia física, la asistencia a conciertos y la devoción por esta o aquella forma musical, por determinados viajes, etc. Todos estos iconos son como elementos de identificación, de pertenencia grupal y de condición social. También algunos deportistas (casi exclusivamente en los chicos), cantantes y modelos (más en las chicas) aparecen como referentes simbólicos en su nivel más elemental. Pero sería un error quedarse en ese nivel elemental. Aun de forma soterrada, implícita y para nada tematizada, en un nivel más profundo encontramos otros iconos en los jóvenes. La paloma de la paz es uno de ellos. La Madre Teresa lo fue, para algunos. La naturaleza para muchos. La honradez para la gran mayoría. Reflejan la demanda de actitudes básicas como el amor gratuito, la capacidad de escucha, la lealtad, la espiritualidad... También la querencia por comportamientos desprendidos, como en los que se involucran en una ONG, los que se van un año a un país necesitado.

 

3. Algunos valores a promover en los adolescentes y jóvenes, hoy

 

Creo que hay ocho valores que se deben promover en las nuevas generaciones, tanto en casa como en la escuela: la competencia personal, la racionalidad, el dinero, no como valor (como objetivo) sino el valor del dinero (esfuerzo para adquirirlo), la tolerancia y la solidaridad en un mundo pluralista, la espiritualidad, la importancia de los valores instrumentales, la gestión de la sexualidad, a la que me acabo de referir, y la utopía por un mundo mejor[1].

 

Me detengo en unos pocos puntos. En primer lugar en la espiritualidad frente a la materialidad porque se habla poco de esto. Por espiritualidad me refiero a la contemplación frente al activismo, a lo importante frente a lo urgente, a la sabiduría frente al tecnicismo, a la jerarquía de valores frente al todo vale, a la moral de la responsabilidad frente a la moral libertaria, a la distinción entre nivel de vida y calidad de vida y a la distinción entre el egocentrismo y el altero-centrismo. Debajo de la demanda de espiritualidad está la afirmación de que los hombres y mujeres somos algo más que mera corporeidad, que la historia humana no se limita a las cosas, a la posesión de cosas, y que las ideas y proyectos, los fines últimos y las primeras preguntas, quién soy yo, de dónde vengo y a dónde voy, por qué he de hacer el bien y no el mal, si hay un principio que vaya más allá del inicio, no es algo predeterminado, no se sabe bien por qué leyes físicas o, bien al contrario, tan aleatorio que todo es fruto de un azar hoy por hoy inasible. Una concreción de la espiritualidad es la religión, aunque también cabe hablar de una espiritualidad atea.

 

Lo que quiero significar aquí es que en la educación de las nuevas generaciones es un error mayúsculo dejar de lado la dimensión espiritual y, obviamente, para los creyentes, la religiosa, salvo que queramos hacer de la nueva sociedad una sociedad puramente materialista, volcada en la prosa del inmediato bienestar, arrinconando el espíritu, que es lo que ha caracterizado a lo mejor de de la cultura y sociedad occidental. No entenderlo así y no fomentar el mundo del espíritu, la espiritualidad, tiene el agravante mayúsculo de que entonces nuestros hijos no entenderán que pueda haber personas para quienes la dimensión espiritual, y en su caso religiosa, comporta una parte sustancial de su identidad. En unos casos ni atisbarán esa posibilidad y quedarán encerrados en un mundo material angosto, limitado. En otros casos no les entenderán, tanto a los que tienen una visión abierta de sus creencias como a los que la tienen cerrada y excluyente a otros planteamientos por sentirse partícipes de la única religión verdadera y salvadora. Riesgo demasiado extendido todavía en prácticamente todas las confesiones religiosas, aunque en unas más que en otras. En efecto, el concepto de tolerancia y pluralismo también debe aplicarse a la dimensión espiritual, luego también a la educación religiosa.

 

La educación cristiana en general, y más en concreto la católica, en el núcleo de su fe, tienen la dimensión de la trascendencia (el mundo no se cierra aquí y la resurrección de Jesús lo muestra) y la dimensión de la caridad como criterio último de felicidad (Mateo 25). Y esto los adolescentes lo entienden. Volveré a este punto, al final de estas páginas.

 

Otro rasgo central de estos adolescentes y jóvenes es el de su implicación distanciada respecto de los problemas y las causas que dicen defender. Incluso en temas frente a los cuales son adalides, como el ecologismo y el respeto por la naturaleza, por señalar un caso paradigmático, no puede decirse que conforme, salvo en grupos muy restringidos, un campo de batalla, una utopía sostenida en el día a día, en la acción libremente decidida a la hora de ocupar sus preocupaciones y su tiempo disponible. De ahí la importancia del uso del tiempo libre los fines de semana En los actuales adolescentes hay un hiato, una falla entre los valores finalistas y los valores instrumentales. Los actuales jóvenes invierten afectiva y racionalmente en los valores finalistas (pacifismo, tolerancia, ecología, exigencia de lealtad, etc.), a la par que presentan, sin embargo, grandes fallas en los valores instrumentales sin los cuales todo lo anterior corre el riesgo de quedarse en un discurso bonito. Me refiero a los déficits que presentan en valores tales como el esfuerzo, la constancia, la autorresponsabilidad, el compromiso, la participación, abnegación (que ni saben lo que es), el trabajo bien hecho, etc. De ahí también su dificultad para adoptar compromisos duraderos.

 

La sexualidad es un tema clave en estos adolescentes y jóvenes. Viven en una sociedad pública y publicitariamente erotizada en la que ellos son objeto y objetivo. Ante este fenómeno lo menos que cabe decir es que no hemos acertado en como afrontarlo. A veces parecería que estamos entre la sexualidad en la que solamente cuenta el puro placer y el disfrute y la sexualidad que sólo tiene que ejercerse dentro del matrimonio y siguiendo una serie de consideraciones. Esto es radicalmente insuficiente para los jóvenes. Hay muchos jóvenes que entienden la sexualidad en el marco del amor y entrega mutua en un clima de confianza y donación mutua que va más allá de la búsqueda del mero placer, aun sin rechazarlo, por supuesto. Y sin esperar a tener 35 años y casarse. Y apenas encuentran ayuda en este tema. 

 

Sostengo que es necesario que hagamos posible que desde la infancia cultiven la utopía de un mundo mejor. Traspasarles la idea de que éste es un mundo abierto, no cerrado, y que esta utopía (que no quimera) puede ser un proyecto de vida. Su vida, nunca como hasta ahora, ha estado tan en sus manos y nunca han crecido tan solos. Quizás también por eso, a pesar de que tienen una gran capacidad de adaptación, nunca ha sido tan difícil ser joven. Queremos decir un joven bien insertado, críticamente insertado en nuestra sociedad.

 

4. La fe en los adolescentes y jóvenes

 

Estos dos o tres años pasados he hablado en diferentes foros sobre los jóvenes y la fe. He introducido el tema basándome en lo que el sociólogo vienes, afincado en EEUU, Peter Berger en su más que estimulante libro “Cuestiones sobre la fe” dice, citando esta formula de San Agustín: “nadie cree en algo si previamente no piensa que es creíble”. Berger lo comenta señalando que hay un movimiento del credendum al credo y añade que “… este credo es el resultado de mi respuesta a una historia particular que me ha sido comunicada a través de otros seres humanos, algunos aún en vida, otros hace ya mucho desparecidos. El relato llega hasta mí como un rumor de Dios. Escucho el relato y, en el acto de fe, le respondo con un sí.” [2]. Esto, exactamente esto, es lo que sucede en la actualidad en muchos jóvenes, con la particularidad de que no hay humus religioso en su entorno, no perciben rumores de Dios, de modo que la fe no forma parte de lo plausible. Incluso puede suceder que el rumor que les llegue les aleje del relato de Dios. Del Dios de Jesús, quiero decir.

 

En efecto, y vuelvo a Peter Berger cuando mas adelante (página 110) afirma que mi fe en Cristo solamente puede tener fundamento en el reconocimiento de “Cristo para mí”. Personalmente la expresión “Cristo para mi” la interpreto como la necesidad de que haya un nexo capital en el kerigma del mensaje cristiano, luego también católico, en la sociedad de todos los tiempos, luego también en la sociedad actual, con las demandas, expectativas de la experiencia particular de las personas, sea individual, sea colectivamente considerada. Dicho crudamente, el kerigma cristiano, me sirve a mí o no sirve para nada. Este planteamiento, que con estas o similares palabras  ya utilicé en el estudio de SM de los jóvenes españoles el año 1989, si la memoria no me falla, no debe interpretarse como si de un utilitarismo barato se tratara. Tampoco como una manifestación de una “religión a la carta”. Esta afirmación significa que cuando una persona se pregunta por el sentido de la vida, de su propia vida, cuando se formula lo que vengo denominando como las primeras y últimas cuestiones de la vida (quien soy yo, si hay un mas allá, si todo es inmanencia etc.…) el mensaje que le llegue, le diga algo. Tan sencillo, tan elemental y tan profundo como eso. Y eso es precisamente lo que busca el joven (y cualquier persona) del kerigma religioso.

 

Varios autores han teorizado sobre este tema. Así Torres Queiruga con estas palabras “La revelación en su significado más radical, pertenece a la autocomprensión de toda religión, puesto que en definitiva una religión viene a ser la toma de conciencia de la presencia de lo divino en el individuo, en la sociedad y en el mundo. Por eso aparece referida a la vida: a sus preguntas y a sus aspiraciones, a sus angustias y a sus esperanzas. Ante una religión real y auténtica experimentamos siempre una doble sensación: de trascendencia ante el misterio que en ella se hace presente; y de inmanencia en cuanto vemos que ese hacerse presente remite a lo más natural e íntimo de la existencia humana concreta”[3]. Es en esta imbricación entre la transcendencia y la inmanencia donde se sitúa el ámbito de la fe, de una fe madura. De nuevo Torres Queiruga, “¿qué es, en definitiva, creer, sino “ver” y aceptar que en este anuncio que se nos hace “desde fuera”, encuentran respuesta nuestras preguntas decisivas y se posibilita la realización de nuestro ser último?. …Si algo ha dejado patente el esfuerzo de la “apologética integral” o “apologética de la inmanencia”, con su culminación en Maurice Blondel, fue justamente la necesidad de mostrar el ajuste vital entre la “verdad objetiva” del dogma y las aspiraciones más profundas del sujeto. De manera drástica lo expresó Adolf Kolping: ´Únicamente un Dios que aclare la situación vital del hombre, puede obtener su fe´”[4]

 

El anuncio que se nos hace “desde fuera” como dice Torres Queiruga supone que no estamos ante un circuito interno que se retroalimenta. No es una respuesta interna del sujeto en respuesta a su propia querencia de sentido, de aspiración de profundidad, de razón vital. Todo no se cuece en el corazón y en la cabeza del individuo. No todo es pura inmanencia e inmanencia solipsista. Hay un anuncio que se nos hace “desde fuera”. La pregunta se impone, cual es “ubi” de ese “fuera”. ¿Donde está localizado ese “fuera” desde donde se nos hace el anuncio?. La respuesta del creyente será que, en última instancia, el “ubi” desde donde se nos hace el anuncia radica en Dios mismo. Dios es que el que llama. Pero, al llegar a este punto las preguntas se agolpan con fuerza. Pero, ¿qué queremos decir cuando decimos Dios?. Los cristianos lo tenemos bastante claro: Jesús, el Cristo es la manifestación más diáfana de lo que Dios quiere decir. Pero, ¿cómo llama Dios?, ¿Llama a todos por igual, en todas partes del planeta, en cualquier circunstancia familiar, educativa etc.?. Demasiadas y difíciles preguntas para un mero sociólogo, aunque inquieto por estas cuestiones, máxime reflexionando en cuestiones que tienen que ver con los jóvenes de hoy que no dejan de preguntarse (los que se preguntan que no son minoría, en contra de lo que se piensa), en su propio lenguaje cuestiones como estas.

 

4.1 Unas reflexiones de Paul Ricoeur

 

Hace un par de años, realmente al azar de una visita a una librería en París me tope con un librillo póstumo e incompleto de Paul Ricoeur que encontraron, también por azar, en manuscrito emborronado en una carpeta, tiempo después de su muerte. Comencé a leerlo en un restaurante tomando el aperitivo haciendo tiempo hasta la hora del almuerzo y lo terminé esa misma tarde. Es una joya. Ricoeur habla de su fe.

 

Ricoeur entiende su fe como “un azar transformado en destino por una elección continuada”. Razona así: “Cuando se me ha objetado que ´si usted fuera chino, hay pocas probabilidades de que fuera (sic) cristiano´ he respondido: ´ciertamente, pero usted no habla de mí, sino de otra persona´. Yo no puedo escoger, ni mis antepasados, ni mis contemporáneos. Hay en mis orígenes una parte de aleatorio, si miro las cosas desde el exterior, y si yo las considero desde dentro, un hecho situacional irreductible. Así soy yo, por nacimiento y por herencia. Y lo asumo. Yo he nacido y he crecido en la fe cristiana de tradición reformada. Es esta herencia, indefinidamente confrontada, en el plano del estudio, a todas las tradiciones adversas o compatibles, que yo digo transformada en destino por una elección continuada. Es de esta elección de la que estoy obligado a rendir cuentas, a lo largo de toda mi vida, por argumentos plausibles, esto es, dignos de ser argüidos en una discusión con protagonistas de buena fe, que están en la misma situación que yo, incapaces de formular razonablemente (rendre raison) las raíces de sus convicciones. (…..)

 

Por esta elección continuada, un azar (se) transforma en destino. Por la expresión destino no designo ninguna coacción, ninguna carga insoportable, ninguna desgracia, sino el estatus mismo de una convicción de la que yo puedo decir: así yo me mantengo, a esto yo adhiero (ainsi je me tiens; à cela j´adhère)[5]. Por otra parte, el término adhesión es apropiado en el caso del cristianismo al que…yo me adhiero y que comporta el apego (attachement) a una figura personal bajo la cual el Infinito, el Altísimo se da a amar (se donne à aimer)”.

 

Ahora busco cómo expresar el estatus hermenéutico de este destino. Me arriesgo a caracterizar la expresión “aquí yo me sostengo” (“ici je me tiens”)- otra formula en la que el azar se ha transformado en destino- por la paradoja de un absoluto relativo. Relativo desde el punto de vista “objetivo” de la sociología de las religiones. La modalidad de cristianismo a la que yo adhiero se distingue como una religión entre otras dentro de la carta de la “dispersión” y de la “confusión” después de Babel; después de Babel no designa ninguna catástrofe sino la simple constatación de la pluralidad característica de todos los fenómenos humanos. Relativismo, si se quiere. Yo asumo ese juicio desde el exterior. Pero para mí, vivido desde dentro, mi adhesión es absoluta, en tanto que incomparable, no radicalmente escogida, no arbitrariamente planteada. Yo mantengo la inserción del predicado “relativo” en el sintagma “absoluto relativo” para inscribir, en la confesión de la adhesión, la marca de lo aleatorio de los origines, alzado al rango de destino mediante una elección continuada. ¿Aceptaría hablar de preferencia?. Sí, en una situación de discusión y de confrontación donde el carácter plausible, probabilístico, de la argumentación se hace manifiesto por la incapacidad de conseguir  la adhesión de mi contradictor. Confesión de debilidad pública, de una adhesión fuerte en mi corazón”[6]. Hasta aquí Paul Ricoeur.

 

4. 2. Qué Dios y qué Iglesia para el mundo de hoy

 

Creo que las reflexiones de Ricoeur nos ayudan a dar cuenta de las preguntas que nos formulábamos más arriba al abordar el “desde fuera” del anuncio. Responder que ese “fuera” en última instancia es Dios y que para los cristianos ese Dios se manifiesta “en la figura personal bajo la cual el Infinito, el Altísimo, se da a amar”, en Jesús el Cristo obviamente para los cristianos,  no nos exime, mas bien nos exige, ir mas allá del azar de nuestro nacimiento, del lugar en el que hemos nacido, la familia en la que hemos abandonado la infancia y entrado en la era de la razón, en la escuela en la que hemos aceptado pasar por el cedazo de la reflexión, de la duda ante otros vivencia, otras respuestas que otros, nacidos en otro sitio, o al lado de nosotros pero en otra familia, con otra educación llegando a respuestas diferentes a las nuestras y así hacer de nuestro azar una elección continuada que se convierte, si la llevamos a sus últimas consecuencias, a un destino, a un destino de vida. 

 

En algunos casos, me temo que en la mayoría, habremos de restaurar, si no instaurar, la fe que hemos heredado de nuestros mayores y que, en una sociedad secularizada del Dios de los cristianos y resacralizada en otros dioses, ahoga en su raíz. De ahí que muchos jóvenes no escuchen rumores de Dios e, incluso, algunos rumores que les llegan les alejen del Dios de Jesús. Por ejemplo, lo que vengo denominando, desde hace años, como el divorcio asimétrico entre los  jóvenes y la Iglesia Católica nos obliga a reflexionar en la disociación que se da entre el mensaje y el recipiendario, cargado de mil y un equívocos en los que aquí no puede entrar ya[7].

 

Tras el fallecimiento de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI escribí en varios medios sobre lo que los jóvenes retendrán de Juan Pablo II y lo que esperan del nuevo papa. En Vida Nueva lo resumí con un título muy expresivo: un líder religioso[8]. En el fondo es lo que esperan de la Iglesia, bien que personalizada en su primera figura, el Papa, máxime en un tiempo de incertidumbres, ayuno de líderes. Retomo algunas ideas pero trasladadas al conjunto eclesial.

 

En una sociedad en la que parece que solo cuenta el dinero y el poder, la apariencia, el espectáculo que deslumbra con sus luces ocultando la sed de autenticidad y verdad, una sociedad que no sabe distinguir secularismo de secularidad, laicismo de laicidad, los jóvenes recordarán de Juan Pablo II, se lo pedirán a Benedicto XVI y a toda la Iglesia, que proclame con fuerza que la vida tiene un sentido, que hay que afrontar las cuestiones centrales de la vida: quién soy yo, porqué estoy aquí, porqué he de hacer el bien y no el mal, porqué el otro es mi hermano y no mi enemigo; una Iglesia que les abra a la trascendencia, que el mundo no se acaba aquí; que hay un alfa y un omega; una Iglesia que sea compasiva, humana, (jamás, jamás, entenderán una Iglesia inhumana, y todavía hoy, a veces lo es), una Iglesia que muestre, como acaba de hacerlo, aún titubeante, Benedicto XVI en su Encíclica “Deus caritas est” que Dios es amor, un amor que tiene su traslado en la vida interpersonal, un amor que no se agota en el “eros” y que tiene su culmen en el “agape”, un amor que debe marcar el ser y estar en la sociedad de la Iglesia católica. También una Iglesia que proclame que la persona no es solo sujeto de derechos sino también de deberes, como ha vuelto a poner de manifiesto Benedicto XVI en su encíclica”Caritas in veritate”. Sí, una Iglesia que defiende los derechos humanos, que se opone a guerra, como se opuso Juan Pablo II a la guerra del Golfo, a la de Irak.

 

Personalmente creo que los jóvenes, los que experimentaron la presencia de Juan Pablo II, sea físicamente, sea a través de los medios, no retendrán de sus discursos lo que decía sobre la sexualidad, ni lo que decía sobre el aborto, la eutanasia, la manipulación genética, sus opiniones sobre la homosexualidad etc., etc. Es el Papa religioso el que retendrán los jóvenes de Juan Pablo II y eso será lo que busquen en su sucesor. Un Papa que les hable de Dios, del Dios que se ha manifestado, entre nosotros, en Jesucristo, un Dios único que ha tenido también otras manifestaciones históricas. Un Papa que, como Juan Pablo II rezó en Asís, abrazó al rabino de Roma, visitó su Sinagoga, un Papa que rece también en una Mezquita y de un paso más en el largo y complicado camino, aunque imprescindible a mi juicio, hacia el reconocimiento, en las  diferentes Iglesias y Confesiones religiosas, del pluralismo religioso. Benedicto XVI, en referencia al próximo encuentro en Asís, previsto par los días 4 al 7 de noviembre próximos ha tenido un recuerdo especial para los jóvenes con estas palabras: “…los orantes de las diferentes religiones pudieron mostrar (en el encuentro de Asís de 1986), con el lenguaje del testimonio, que la oración no divide sino que une, y que constituye un elemento determinante para una eficaz pedagogía de la paz, basada en la amistad, en la acogida recíproca, en el diálogo entre los hombres de diferentes culturas y religiones. Tenemos más necesidad que nunca, especialmente si prestamos atención a las nuevas generaciones. Muchos jóvenes, en las zonas del mundo caracterizadas por conflictos, son educados en sentimientos de odio y venganza, en contextos ideológicos en los que se cultivan las semillas de antiguos rencores y se preparan los espíritus para futuras violencias. Es necesario abatir estas empalizadas y favorecer el encuentro. Me alegro por el hecho de que las iniciativas programadas en este año en Asís vayan en esta dirección y por que el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso haya pensando en su aplicación particularmente a los jóvenes”[9].

 

Juan Pablo II ha situado la pregunta religiosa en el centro de esta sociedad europea, para asombro e incredulidad de tantos para quienes Dios y la religión no son sino manifestación de una sociedad retrógrada y que pensaban ver desaparecer con la alta modernidad. Benedicto XVI en sus encíclicas ha remachado con fuerza donde esta la esencia del Dios de los católicos: en el amor como entrega.

 

Digámoslo una y mil veces. Los jóvenes que miran, a sus modos y maneras, a la Iglesia le piden que ponga el acento en la dimensión religiosa más que en el cumplimiento de normas que, en gran medida, no entienden y rara vez ven cumplir en los mayores. Una Iglesia que muestre a Dios, al Dios que se ha manifestado, entre nosotros, en Jesucristo, un Dios entendible mas allá de la concepción mítica de la salvación según el esquema “paraíso-caída-castigo-redención-gloria”, que deje paso a la secuencia “creación (desde el amor)-crecimiento histórico-culminación en Cristo-gloria” que tan lúcida y gráficamente ha mostrado Torres Queiruga[10], un Dios que, aunque único, ha tenido también otras manifestaciones históricas. Una Iglesia que avance, sin prepotencias ni temores, hacia el diálogo con otras confesiones religiosas en la aceptación sincera del pluralismo religioso, omnipresente en una sociedad globalizada. Una Iglesia que, al fin, invite a las mujeres a participar y ejercer en la Iglesia en el mismo rango que los hombres. Una Iglesia que no mire con recelo a la ciencia, tanto de las llamadas puras como sociales, que no tenga miedo de los hombres de ciencia que buscan honradamente el bienestar de las gentes, el progreso y, a la postre, la felicidad. Una Iglesia que rompa con la tradición eclesial de aceptar la evolución de las cosas siempre con años, cuando no siglos, de retraso. Una Iglesia que participe, sin miedo de nuevo, de la conversación de las gentes del mundo, mostrando la luz del Evangelio. Me duele profundamente que la Iglesia esté, todavía en la actualidad, continuamente mirando los avances de la ciencia con miedo y que buena parte de la historia de la Iglesia haya sido, de entrada, una negación continua a todo lo que de novedoso haya propuesta la ciencia y el arte. Creo que hay que hacer realidad lo que dijo Benedicto XVI en la televisión alemana sobre que el catolicismo no es un cúmulo de prohibiciones. Ya va siendo hora de que la Iglesia no aparezca como el reino del 'no', sino como el reino de la presentación positiva de las cosas (Ver Zenit del 16 de agosto de 2006). Lo cual no quiere decir que no tenga que decir 'no' en ocasiones.

 

Sí, también una Iglesia que también sepa decir “No” cuando haya que decir “No”. Una Iglesia que ante el dinero como mera acumulación de riquezas, anteponga la solidaridad, ante el poder como agente de influencia de los “míos”, anteponga el poder como servicio, ante el sexo seguro como solo placer sitúe, en un plano superior, el amor, sin trabas, con el ser querido con quien se quiere construir un proyecto de vida compartido. Los jóvenes le entenderán y, muchos, le seguirán. En definitiva una Iglesia que los jóvenes la vean próxima, una Iglesia de su mundo y de su tiempo.

 

4.3 De la importancia del kerigma

 

Vivir la fe, anunciar a Jesús el Resucitado, es la causa y razón última de la auto afirmación de una persona como cristiano, como católico adulto. Ciertamente se es católico, en primer lugar, porque se ha nacido en un lugar concreto y en una familia concreta. (Recuérdese la reflexión de Ricoeur). Pero un cristianismo y una fe adultos exigen posicionarse en una sociedad que se ha emancipado, en una sociedad que se ha hecho autónoma, en una sociedad que ha adoptado la autonomía de las realidades terrenas. De ahí que la cuestión sociológica se convierta en cuestión teológica. De qué estamos hablamos cuando decimos que tenemos fe, de qué Dios hablamos cuando decimos que creemos en Dios, de qué salvación hablamos, cuando decimos que Jesús vino al mundo para salvarnos, en qué consiste el Reino de Dios, etc. Cuestiones de una acuidad central en una sociedad que ha asumido su autonomía aunque eso no suponga, en absoluto, que haya vuelto la espalda a la transcendencia. La sociedad actual no ha evacuado a Dios de sus vidas. Simplemente se pregunta quién ese Dios en quién decimos los creyentes que creemos. Y un cristiano adulto, contemporáneo con la sociedad del siglo XXI en la que vive y sin estériles y esterilizantes añoranzas de otros tiempos, debe dar cuenta, con la razón y el compromiso, de lo que dice que cree.

 

Llegados a este punto la pregunta que se impone es la de saber qué lectura católica del anuncio de Jesús tenga más verosimilitud, más plausibilidad en el mundo juvenil actual. No se trata de acomodaciones o atajos. Menos aún de rebajas. Sino del núcleo central de la fe para el joven de hoy. Todo pasa por la concepción del Dios que se ha manifestado en Jesús, encarnado y resucitado,  que se sostenga, en y para  los jóvenes de hoy, no para los jóvenes atemporales, lo que se corresponde con la concepción de Dios que se sostiene, ofrece y presenta a la sociedad, a la sociedad real y concreta de hoy.

 

Esto nos lleva directamente al tema del anuncio de la fe, a la predicación global de la buena nueva realizada por Cristo, nos interroga sobre el kerigma como acontecimiento único en la historia, como invitación a la fe, el kerigma como el choque de la buena nueva que tiene que impresionar a los hombres del mundo entero, el kerigma que da sentido a una vida, el kerigma como acicate y esbozo de respuesta a las primeras y últimas preguntas de la vida, el kerigma como anunciador de dónde está esa felicidad que se persigue a lo largo de la vida. Es la cuestión del kerigma anterior a la catequesis, el kerigma real en la tradición católica de hoy para los hombres y mujeres de hoy, para los jóvenes de hoy. La pregunta es si el kerigma actual permite que Jesús sea reconocido e identificado como el Cristo, Señor, salvador universal, centro de la historia para los cristianos, que invite a los jóvenes a la conversión y a la fe. Entenderán que llegando a este punto venga diciendo, para terminar, que estamos ante una cuestión que, al final, es más teológica que sociológica. Y aquí el sociólogo debe ya callar.

 

San Sebastián, 12 de septiembre de 2009

Javier Elzo

Catedrático Emérito de Sociología en la Universidad de Deusto

 



[1] Una presentación de estos valores puede consultarse en el último capítulo de mi libro “La voz de los adolescentes”. Ediciones PPC. Madrid 2006,  221 páginas

[2] . Peter Berger, “Cuestiones sobre la fe” Ed. Herder, 2006 (paginas 30-31)

[3] “Repensar la revelación”. Editorial Trotta. Madrid 2008, pagina 117.

[4] . “Repensar la revelación”., O.c.p.122

[5] Ricoeur dice entre paréntesis que Chouraqui traduce el el griego “pistis” por “adhesión” mas que por “fe”.

[6] . Paul Ricoeur “Vivant jusqu´ à la mort, suivi de Fragments”,  en Editions du Seuil, Paris, Mars 2007. Paginas 99-103.

[7]. Puede consultarse, por ejemplo, el capítulo 3º de mi libro “Los jóvenes y la felicidad”, dedicado a la dimensión religiosa de los jóvenes y para el aspecto concreto que aquí trato en el punto 11. Ediciones PPC. Madrid 2006,  221 páginas

[8] . Javier Elzo “Un líder religioso a quien poder seguir”. En Vida Nueva, Especial Nuevo Pontificado, 23 Abril 2005, nº 2.468, páginas 14-15

[9] Del “Mensaje del Papa con motivo del 20 aniversario Encuentro Interreligioso por la Paz en Asís” (Zenit 4 de Septiembre de 2006)

[10] . A. Torres Queiruga, en “La imagen de Dios tras la ruptura de la modernidad”, en el colectivo “Hay lugar para Dios hoy” en Editorial PPC, Madrid 2005, paginas 54-56.

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