UNA PROPUESTA DE EDUCACIÓN INTEGRAL: EL HOMBRE DIGNO.

UNA PROPUESTA DE EDUCACIÓN INTEGRAL: EL HOMBRE DIGNO.”[1]

 

DON ROBERTO SANZ PONCE

 

 

 

Ya han explicado anteriormente cual era la situación real en la que se encuentra la escuela española (pública-privada, laica-católica) en el primer tercio del siglo XX, y más concretamente en esos últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La intensa crisis de 1898 –económica, política, social, religiosa, cultural y educativa- demanda una profunda transformación del modelo pedagógico vigente, de la escuela, del profesorado y, sobre todo, de la concepción de la educación.

La educación se convierte en el gran problema nacional, en la gran solución al lamentable estado del país, en la única esperanza de un porvenir mejor. “La educación es, para individuos, familias y pueblos el negocio de los negocios, la grande obra, la obra única, sin la cual no hay hombres ni familias, ni pueblos, ni costumbres, ni religión, ni patria, ni sociedad, ni nada, así como con ella bien dirigida lo hay todo,”[2] afirma el padre Manjón en una de sus obras. En este ambiente, surge el movimiento Regeneracionista, con el espíritu y la intención clara de transformar el país, de regenerarlo, pero el concepto regenerar no va a ser entendido de igual forma ni del mismo modo por liberales y por católicos.

Los liberales abogarán –con la I.L.E. a la cabeza- por europeizar España, mirarse en el espejo de las naciones cercanas y copiar ciertos principios, entre los que destaca secularizar la vida y la sociedad e introducir la laicidad en la escuela. Por el contrario, los católicos apuestan por recuperar los principios y fundamentos esenciales del pueblo español, entre los que se encuentra, en lugar privilegiado, el sentimiento religioso, católico.

Y en este contexto, el padre Miguel Fenollera propone un modelo educativo de REGENERACIÓN INTEGRAL del ser humano. En algunos de sus escritos se palpa su profunda preocupación por los derroteros que va tomando la escuela nacional, ocupada únicamente en formar al hombre “por el hombre y para el hombre,” desplazando a un segundo o tercer plano la esencia misma del ser humano, su carácter religioso, su ser trascendente.

De esta manera, lo escribía, el pedagogo valenciano, en un artículo titulado: “La escuela y la dignidad personal.” Dice así: “…la escuela debe moldear en sus alumnos un sentimiento de honor, puro, firme y eficaz que no pueda ser confundido con las torpezas que suelen calificarse [como] amor propio y que hacen del individuo un ser despreciable por su orgullo y egoísmo.”[3] El profesor de la Escuela Normal Superior de Maestros de Alicante, D. Antonio Cervera y Royo, lo matiza, en esa misma línea: “¡El alma nacional ha sido mal educada! Su actividad se ha dirigido casi exclusivamente sobre lo externo, que es el mundo de las apariencias, muchas veces engañosas, y apenas se ha llamado la atención sobre lo interno, que es el mundo de las esencias y de la verdad.”[4]

Al igual que muchos de sus congéneres católicos –Andrés Manjón, Ramón Ruiz Amado o Manuel Polo y Peyrolón- el padre Fenollera reclama una educación integral, que dé respuesta, no sólo a su vida terrenal, sino fundamentalmente, a su vida trascendental. “Vivamos para morir y después vivir,” mantiene. Se trata de conseguir un “nuevo hombre,” capaz de restaurar un maltrecho país, bajo el cimiento de la DIGNIDAD, dignidad que nace y se sustenta en la relación con uno mismo, con los demás y con Dios. Así de explícito es el propio Fenollera en uno de sus escritos: “La escuela, que debe preparar al niño para ser hombre completo, debe conceder una atención preferente, colocando en la base de su labor educativa y como fundamento del carácter de sus alumnos, la dignidad personal en la escuela…”[5]

 

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